Deja de Pedir y Empieza a Crear | Día 3: Eres Hijo de Dios | Curso Práctico en 78 Días

transurfing 78 dias
Hijo de Dios.

Declaración:

Uno es parte de Dios – tú eres un hijo de Él y tu vida es parte de Su sueño.

Gobernando tu mundo con tu intención EXTERNA tú cumples sus órdenes.


Su intención se convierte en cualquiera que tu intención sea. ¿Entonces cómo puedes dudar tú de que no vaya a ser cumplida?

Sólo necesitas PERMITIRTE tener.
No RECES – sólo permite.
Cuando rezas es como Dios rezando a si mismo.
¿Necesita rezar Dios?
¿Existe una criatura a quien Dios necesite rezar?
Después de todo él es Supremo.
Del mismo modo, no reces, no pidas, no desees.
¡Sólo INTENTA!

Interpretación: 

Nuestro mundo es un teatro de sueño donde Dios es un actor, director, guionista y productor. 

Nuestras decisiones son Sus decisiones. Lo que nosotros sentimos y hacemos es lo que Dios siente y hace. Nuestra Alma es parte de Su Alma y en cada Alma Dios ha colocado una parte de Su intención. 

Luego él envía las Almas a su Sueño – nuestra realidad. A cada Alma le es dada la libertad para crear su propia realidad dependiendo de cómo de conscientes seamos. 

Pero al llegar aquí, en una forma física, olvidamos nuestra verdadera naturaleza y empezamos a vagar en esta realidad, recordando vagamente que vinimos aquí para crear una nueva vida. La gente ha olvidado que ellos están aquí no para servir a Dios sino para co-crear con Él. 

¡Este es el secreto!


¿Alguna vez has sentido que estás pidiendo algo que ya posees?
Que rezas, suplicas, visualizas… pero hay una voz interior que susurra:

“Esto ya es tuyo. Solo necesitas permitirlo”.

Esa voz no es ilusión.
Es la verdad más profunda de tu ser.

Porque tú no eres un mendigo espiritual.
No estás separado de Dios, rogándole desde la distancia.
Tú eres parte de Él.
Eres Su expresión viva en este mundo.
Su pensamiento hecho carne.
Su amor hecho acción.
Su intención hecha realidad.

Y eso cambia todo.

Durante siglos, se nos ha enseñado a ver a Dios como un juez lejano, un rey en el cielo, un ser externo al que debemos complacer para merecer Su gracia.
Pero esa visión… es la ilusión más grande del sueño.

La verdad es otra:
Dios no está afuera. Está dentro. Y tú eres Su manifestación.

Tu vida no es una prueba para ganar Su amor.
Tu vida es Su sueño, y tú eres uno de Sus personajes…
pero no un personaje pasivo.
Eres un co-creador consciente.

Y aquí está el secreto que muy pocos entienden:
Cuando tú formas una intención clara, coherente, alineada con tu esencia…
esa intención no es tuya.
Es la intención divina actuando a través de ti.

Por eso, ¿cómo podrías dudar de que se cumplirá?
Si viene de la Fuente misma de la creación…
¿acaso el río duda de que llegará al mar?

Pero entonces… ¿por qué pedimos?
¿Por qué rezamos como si nos faltara algo?
¿Por qué deseamos como si estuviéramos separados?

Porque olvidamos quiénes somos.

Olvidamos que rezar desde la carencia es como si Dios se estuviera rezando a Sí mismo.
¿Necesita Dios rogarle a alguien?
¿Existe una criatura fuera de Él a quien deba convencer?

No.
Él es Todo.
Y tú… tú eres una chispa de Ese Todo.

Así que hoy, en este tercer día de tu despertar,
te invito a dejar de pedir.
Deja de desear.
Deja de suplicar.

En su lugar… permítete tener.

Porque no se trata de conseguir algo nuevo.
Se trata de recordar lo que ya eres.

Imagina que eres una ola en el océano.
Desde tu perspectiva limitada, crees que eres aparte del agua.
Te sientes pequeña, temporal, frágil.
Y comienzas a pedir:
— “Ojalá el océano me dé más fuerza”.
— “Ojalá no me rompa contra las rocas”.
— “Ojalá dure para siempre”.

Pero el océano no escucha tus plegarias…
porque tú ya eres el océano.

Tu miedo, tu deseo, tu oración…
son solo el océano olvidándose de sí mismo.

Y en el momento en que recuerdas:

“Yo soy el océano”,
ya no necesitas pedir nada.
Porque sabes que todo lo que necesitas…
ya está en ti.

Así es contigo y Dios.

Tu abundancia no viene de afuera.
Tu paz no depende de las circunstancias.
Tu propósito no está escondido en el futuro.

Todo está aquí.
Ahora.
En ti.

Y la única barrera entre tú y tu plenitud…
es la creencia de que debes merecerlo.

Pero no.
Ya lo mereces.
No por lo que haces.
Sino por lo que eres.

Eres Hijo de Dios.
No en un sentido metafórico.
Sino en el sentido más literal y cósmico.

Tu alma fue enviada a este sueño —esta realidad física—
con una misión clara:
crear desde la conciencia, no desde el miedo.

Pero al nacer en un cuerpo, olvidaste.
Te identificaste con el personaje.
Con el nombre, la historia, el dolor.
Y empezaste a vagar, buscando afuera lo que siempre estuvo adentro.

Y así, en lugar de co-crear, empezaste a rogar.
En lugar de manifestar, empezaste a esperar.
En lugar de actuar desde la plenitud, actuaste desde la carencia.

Pero hoy…
hoy puedes recordar.

No necesitas cambiar a Dios.
Él ya te ama incondicionalmente.
Lo que necesitas cambiar…
es tu relación contigo mismo.

Deja de verte como un siervo.
Empieza a verte como un socio divino.

Porque el universo no espera a que le pidas permiso para bendecirte.
Él ya lo hizo.
Lo único que falta…
es que tú te permitas recibirlo.

Y cómo haces eso?
No con más oraciones de súplica.
Sino con acción desde la certeza.

Actúa como si ya tuvieras lo que deseas.
Habla como si ya vivieras en esa realidad.
Siente como si ya fuera tuyo.

Porque en el campo cuántico de posibilidades,
tu estado interno es la orden que emites al universo.

Y si ese estado es de gratitud, de plenitud, de “ya es mío”…
el universo no tiene más opción que reflejarlo.

Este no es pensamiento mágico.
Es alineación con la verdad cósmica.

Dios no quiere que sufras.
Quiere que recuerdes.
Y al recordar, crees.

Por eso, hoy tu práctica es simple:
Cada vez que sientas falta, en lugar de pedir…
di en silencio:

“Gracias, ya es mío. Solo necesito permitirlo”.

Y luego…
actúa en consecuencia.

Porque tú no viniste a servir a Dios desde la sumisión.
Viniste a co-crear con Él desde la igualdad.

Y esa…
es la verdadera oración.

 EXPLICACIÓN

Ahora, quizás te preguntes:

“Si ya soy parte de Dios… ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?”

Buena pregunta.
Y la respuesta no justifica el dolor…
pero sí lo contextualiza.

Imagina que Dios es un artista infinito.
Y Su obra maestra…
es un sueño multidimensional donde cada alma puede experimentar todos los matices de la existencia:
el amor y el miedo,
la luz y la sombra,
la unidad y la separación.

Pero para que la experiencia sea real,
cada alma debe olvidar temporalmente su origen.
De lo contrario, sería como soñar que estás cayendo…
pero sabiendo que estás en la cama.
El juego perdería su intensidad.

Así que, al entrar en el cuerpo físico,
tu alma acepta voluntariamente el velo del olvido.
Y en ese velo, surge la ilusión de la separación.
Y con ella, el miedo.
Y con el miedo, el sufrimiento.

Pero el sufrimiento no es un castigo.
Es una señal de despertar.

Es el grito del alma que dice:

“¡Esto no es quien soy! ¡Recuérdame!”

Y cuando empiezas a escuchar ese grito…
empiezas a salir del sueño.

Ahora, hablemos de la oración.

La oración tradicional —la que pide, ruega, suplica—
nace de la creencia de que Dios está afuera y tú estás vacío.
Pero esa oración, aunque sincera, refuerza la ilusión de la separación.

En cambio, la oración consciente no pide.
Afirma.
No dice: “Por favor, dame paz”.
Dice: “Soy paz. Gracias por recordármelo”.

Esta no es una cuestión semántica.
Es una reconfiguración energética.

Porque cuando pides, vibras en carencia.
Cuando afirmas, vibras en plenitud.

Y el universo —que es un campo de resonancia—
responde a tu frecuencia, no a tus palabras.

Por eso, Jesús decía:

“Orad, pues, de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos…”
pero también dijo:
“Antes de que pidan, ya sabrá vuestro Padre lo que necesitáis”.

¿Contradicción?
No.
Evolution.

Primero, habló al dormido.
Luego, reveló al despierto.

Y tú… tú ya estás despierto.

Así que ya no necesitas pedir.
Solo necesitas permitir.

Pero ¿qué significa “permitir”?

Significa soltar la resistencia interna.
Significa dejar de creer que no mereces.
Significa confiar en que la vida ya está conspirando a tu favor.

Por ejemplo:
Si deseas amor, no digas: “Por favor, envíame a alguien”.
En su lugar, di: “El amor me rodea. Ya soy digno de él”.
Y luego, actúa como tal:
abre tu corazón, establece límites sanos, date lo que anhelas.

Eso es co-crear.

Ahora, sobre la idea de que “tus decisiones son las decisiones de Dios”:
esto no significa que no tengas libre albedrío.
Al contrario.
Tu libre albedrío es el canal a través del cual Dios experimenta la creación.

Dios no controla tu vida como un titiritero.
Él te da total libertad…
pero también te da acceso a Su sabiduría, Su amor, Su poder.
Y tú eliges:
¿vivir desde el ego… o desde la esencia?

Cuando eliges la esencia,
tus acciones se alinean con el flujo divino.
Y entonces, no hay esfuerzo.
Solo gracia.

Este es el secreto que las religiones institucionalizadas olvidaron:
No estás aquí para obedecer a Dios. Estás aquí para expresarlo.

No para ganar Su amor.
Sino para ser Su amor en acción.

Y eso transforma todo.

Porque cuando vives desde esa verdad,
ya no compites.
Ya no temes.
Ya no manipulas.

Simplemente…
creas.

Desde la alegría.
Desde la paz.
Desde la certeza de que todo está bien…
porque tú y Dios son Uno.

Así que hoy, en este Día 3,
deja de mendigar milagros.
Empieza a ser el milagro.

Porque no necesitas que Dios te bendiga.
Ya lo hizo.
Solo necesitas permitirte brillar.

Y en ese brillo…
el mundo entero se ilumina.

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