Observa el círculo vicioso en el que muchos giramos: cuanto más ansiamos parecer seguros, más energía invertimos en justificarnos, en anticipar juicios ajenos, en controlar cada gesto para evitar el rechazo. Esta sobreimportancia —la creencia de que los demás están constantemente evaluándonos— drena nuestra esencia. Nos convertimos en actores de nosotros mismos, interpretando una versión "aceptable" mientras la auténtica se esconde tras capas de tensión. El miedo al juicio no nos protege; nos encarcela en una prisión invisible donde cada decisión requiere permiso externo.
La liberación no llega luchando contra estos patrones. La batalla misma es parte de la trampa. Intentar "eliminar" el miedo solo refuerza su presencia. La verdadera salida es más sutil: reconocer que la confianza ya existe en ti, intacta, bajo el ruido de la necesidad de aprobación. No es algo que debas ganar; es algo que recuperas al dejar de buscar validación.










